viernes, 28 de abril de 2017

EL FIEL AMIGO

De entre los muchos recuerdos que Fermín tenía de su infancia,había uno que solía ser motivo de recordatorio cada año. La familia por aquel entonces, vivía en una casa unifamiliar en uno de los barrios más antiguos de Valladolid: Las Delicias.
El matrimonio compartía aquella casa con sus tres hijos y un mastín llamado Goliat. Emilia era la que cuidaba del animal, dado que el marido y los hijos trabajaban todos fuera de casa. Goliat no se despegaba de Emilia y a donde ella iba, la seguía el can dócilmente. Pero la vida siempre nos sorprende, cuando menos lo esperamos.
De un día para otro la mujer enfermó gravemente y Goliat se vio obligado a abandonar la habitación donde estaba su ama. Sin embargo, cada noche, en cuanto la familia se reunía para cenar, el animal se colaba en la casa y se aproximaba a la cama de la enferma.
La mujer le acariciaba y este, entristecido por la ausencia de ella durante el día, emitía un lúgubre sonido. Así fueron pasando los días. A Goliat no le faltaba la comida, pero su apetito disminuía en la misma proporción que lo hacía la inapetencia de Emilia.
Una madrugada, tres meses más tarde, fueron despertados por el aullido lastimero de Goliat. Cuando acudieron a ver qué pasaba, se encontraron a este que erguido apoyaba sus patas sobre la cama. Su dueña había fallecido.
Lo tuvieron que sacar arrastras de la habitación. Luego, lo dejaron en el patio, para ir a preparar el entierro.
La sorpresa la recibirían al día siguiente, cuando el personal de la funeraria acudió, para cerrar al ataúd de Emilia. Allí permanecía Goliat al lado de su ama. Este también había fallecido.
–Desde luego, él sí que amaba a su dueña —se dijeron los empleados.

viernes, 20 de enero de 2017

CLAUDIA PRÓCULA

Aún las luces del nuevo día no se percibían sobre la ciudad, cuando nos sorprendió el ruido de caballos deteniéndose delante de nuestra casa. Nos hizo temer lo peor.
Llevábamos tres largos años de exilio en la ciudad de Vienne, y Poncio todavía temía que el emperador tomase represalias contra él. Aquella mañana, sin embargo, el tribuno y los dos soldados que le acompañaban, eran portadores de las mejores noticias emitidas desde el Palatino para él.
En su escrito, Claudio Nerón nuevo emperador romano, pedía a Poncio que abandonara el destierro y regresase a Roma. Añadía en su carta, el anuncio de la devolución de todos los bienes, que un día el emperador Calígula le desposeyera, multiplicados estos por diez.
Sólo esto, debería haber devuelto la alegría a mi marido, pero su estado anímico contenía tanta amargura, que la misma corroía sus entrañas. La situación en que se encontraba era lamentable; a su depresión, había que añadir las consecuencias de su adicción a la bebida.
A mí, sí que me reconfortó su contenido. Mi espíritu, que había sido tiempo atrás alegre, se había ensombrecido ante la dura realidad que atravesábamos. El resto de la mañana, ocupada en el ajetreo de recoger los enseres que debíamos trasladar a Roma, no me preocupé por su ausencia.
Al mediodía, al ver que Poncio no estaba en el jardín, lugar donde pasaba la mayor parte de su tiempo, decidí llamarlo. En ese momento, me di cuenta que hacía rato no se oía el canto de los ruiseñores.
Estos habitualmente, alegraban nuestras estancias en aquel idílico rincón de la casa. En su lugar, ahora solo se escuchaba el ulular de una lechuza. Mal augurio. Sentí como un escalofrío recorría toda mi espalda. Lo volví a llamar y al no recibir respuesta, me dirigí a nuestro aposento.
Aquel sentimiento de alegría, provocado por la noticia del regreso a Roma, se transformó de pronto en angustia. Abrí la puerta de la habitación. Los rayos de sol penetraban hasta el centro del dormitorio e iluminaban la cama. Sobre ella, vestido con el uniforme de prefecto, se encontraba ensangrentado y moribundo mi esposo. Poncio se había cortado las venas. Nada se pudo hacer por él.
De nuevo el dolor, volvía hacer acto de presencia en mi vida. Primero la muerte de nuestro primogénito Cayo, quien contrajo una enfermedad rara que los médicos no pudieron atajar.
Un año más tarde, Aulo nuestro tercer hijo, caía en una emboscada militar. Sin embargo, fue con la muerte de Poncia, a la que Lucano su esposo en un ataque de celos la había prendido fuego, la que nos causó mayor dolor.
Y ahora Poncio, mi esposo. Éste no había podido soportar más la angustia que sufría, desde la celebración de aquel macabro juicio contra el ‘Galileo’. Por miedo al Cesar y la presión que habían ejercido los sacerdotes, había condenado a muerte a un inocente.
Yo sabía de sus defectos, pero, aun así, le había amado con todas mis fuerzas.
A su entierro, me acompañaron sus amigos Marco Vinicio y Flavio, junto con algunos aldeanos de la villa.
Las jornadas siguientes, las dediqué a terminar de recoger los últimos enseres que quedaban, y tres días más tarde, emprendí regreso a la ciudad que no debíamos haber abandonado nunca; Roma.
Una vez en ella, me instalé en la recuperada casa, que había heredado de mis tíos Antonia y Probo en el Esquilinio, ya que yo era huérfana. Por la tarde y cuando los rayos de sol daban sus últimos tonos de color a la ciudad, sentí la necesidad de bajar al jardín. Sin darme cuenta, me senté bajo el mismo cedro con corona de rosas rojas, donde viera por primera vez a Poncio. Cerré los ojos y reviví aquellos años.
Con veinte años sabía muy bien, que no era una mujer agraciada y que además carecía de fortuna, para compensar esa falta de atractivos. Prima del emperador Tiberio, estaba considerada rara en los círculos próximos a mi primo. Yo era una fiel seguidora de las doctrinas de Pitágoras, y adepta a Isis la egipcia, culto por el que el emperador sentía una hostilidad enconada. Esto último me había causado problemas, ya que Isis pasaba por ser la protectora de las prostitutas y mujeres de vida ligera.
Llevaba cierto tiempo sin ver a Tiberio, cuando éste me sorprendió con un mensaje suyo. En el mismo, el emperador me comunicaba que tenía un pretendiente: ‘Claudia, Cayo Poncio Pilato te visitará en breve’.
En un primer momento me sentí enojada con él ¡Qué desfachatez! ¡Buscarla a ella marido! Luego más tarde, nació la curiosidad por conocerle. Al día siguiente de recibir este mensaje, una voz profunda me sacó de la ensoñación en la que me encontraba, inundando de alegría mi ser.
— ¡Te saludo Claudia Prócula!
— ¡Te saludo Cayo Poncio! ¡Sé bienvenido a nuestra casa! —Intenté que en mi respuesta no se percibiera el azoramiento que tenía.br> Era un Tribuno apuesto. No tenía más de treinta años. Algunas marcas sobre su piel, señalaban que era un soldado veterano acostumbrado al combate. Mi sorpresa fue, que días más tarde se presentó de nuevo.
Llevaba en sus manos un anillo de compromiso y en el interior de los mismos, figuraban grabados nuestros nombres. Mis tíos no pusieron reparos a la boda y los fastos se celebraron a finales de abril.
Los cinco primeros años de nuestra vida en común, estuvieron llenos de felicidad. De ese amor nacieron Poncia, Cayo y Aulo. Pero nada en la vida es completo. Esa tranquilidad y felicidad que gozábamos, se vería truncada el día en que Pilato recibió la orden de presentarse ante Tiberio.
Antes de que marchara, le conté que había tenido un sueño que había alterado mi espíritu, y le rogué que rechazase cualquier cargo que le fuese encomendado por el César. Poncio tenía prisa e insistía en marchar al Palatino, pero yo le retuve hasta poderle relatar mi sueño:
“Te encontrabas esposo mío en una lejana tierra, y unos hombres te ofrecían un cuchillo para que matases un cordero. En el momento que te acercabas al cordero, este se convertía en un niño recién nacido. Más tarde, el grupo de gente se ampliaba y unos te gritaban ¡Sacrifícalo! Y otros ¡mátalo!”
—Te ruego Cayo Poncio no hieras nunca al cordero —Él me había jurado que no lo haría. Ahora sabía lo equivocada que estaba. Pilato, pronto se olvidó de aquel juramento.
Cuando mi esposo regresó a nuestro hogar, lo hizo como gobernador de Judea y con instrucciones, aunque no era habitual, de que el viaje lo debía hacer toda la familia.
Tiberio puso una tirrena a nuestra disposición, y en tres semanas nos encontrábamos en el puerto de Cesarea. Sería nuestro lugar habitual de residencia, salvo la semana de la Pascua Judía, que nos veríamos obligados a residir en la fortaleza Antonia. En aquellas tierras forjé una nueva Claudia, muy diferente de la que conociera Poncio Pilato en Roma. A mi ir a una Judea rebelde no me apetecía. Inclusive, me costó mucho hacerme a la idea de vivir en medio de aquel pueblo, sucio, astuto y negociante, sin embargo, una esposa debe seguir a su marido hasta donde le permitan las circunstancias.
La vida no resultó fácil, pero estábamos todos juntos.
La tarde decaía y comenzaba a bajar la temperatura en el jardín, cuando Marcia apareció con un supparum (chal) para abrigarme. Vuelta a mis pensamientos, recordé como había conocido a María Magdalena. Eran los primeros tiempos de nuestra estancia en Judea.
Ocurrió en uno de mis desplazamientos a Jerusalén. El motivo era visitar al matrimonio Gallas, únicos amigos míos de Roma. Allí encontré a María de Magdala, conocida por muchos como Magdalena. Ésta mantenía una gran relación de amistad con este matrimonio. Su trato franco, hizo que enseguida fraternizáramos.
No tardó mucho en ponerme al corriente, de la existencia de un rabino itinerante, que primero en Galilea y luego más tarde en Judea, había provocado una gran expectación con sus milagros.
María me relató con toda su vehemencia, la experiencia que representaba para ella Jesús, así como los hechos fantásticos que en su compañía había vivido: la multiplicación de los panes y los peces, curaciones a leprosos, la recuperación de la vista de los ciegos. Esto me llenó de curiosidad.
Fue tiempo más tarde, en casa de Lázaro en Betania, cuando en su compañía tuve la ocasión de oír a Jesús. Allí observé el cariño que le demostraban, tanto el dueño de la casa como sus hermanas Marta y María. Éstas se prodigaban, para hacerle más cómoda su estancia allí.
Nos sentamos todos sobre unos cojines en el suelo, en lo que era la sala más grande de la casa (esta hacía las veces de comedor), y allí asistimos a una de sus pláticas. De su boca salía un mensaje de fraternidad y amor. Sin saber cómo, me encontré siendo una de las seguidoras de Jesús.
Poncio se veía obligado a viajar con frecuencia por toda Judea, lo que yo aprovechaba, para en compañía de Flavio y Marcia, seguir algunas de las predicaciones de este rabino.
Próximos los días de la celebración de la Pascua judía, Jerusalén se llenaba de gentes venidas de todas partes para su celebración. Cumplíamos el tercer año de nuestra estancia en tierras de Judea, cuando se produjeron los hechos que marcaron para siempre nuestras vidas.
El domingo anterior a la festividad, Jesús había entrado en Jerusalén sobre un borriquillo de la cercana población de Betfagé, siendo aclamado por una multitud. Judíos de todas las edades, esparcían ramas frescas de palma que cortaban a su paso, mientras que otros cubrían el camino con sus prendas de vestir.
Sus discípulos, poseídos de un miedo atroz a que lo arrestaran, no paraban de mirar de un lado a otro. El viernes de aquella misma semana, me encontré con María Magdalena. Ésta, que iba acompañada de Marcos, me buscaba cerca del atrio de los gentiles, donde en ocasiones solía acudir a oír al ‘Galileo’. Sus rostros expresaban la tristeza del momento.
Jesús había sido arrestado durante la noche del jueves, en un huerto llamado ‘de los Olivos’, y lo habían conducido al Sanedrín ante los sumos sacerdotes Anás y Caifás.
Por José de Arimatea, un anciano miembro del Sanedrín y seguidor de Jesús, supieron de la inmediatez del traslado de éste ante el tribunal de Poncio Pilato, mi esposo. La causa eran las acusaciones vertidas contra él por los sacerdotes. En su doctrina, afirmaba aspectos que estaban en contra de la interpretación severa de la Ley, que hacían los sacerdotes y fariseos. Pero lo que acabaría por convertirlo en objeto de destrucción por las autoridades religiosas, fue su afirmación: << el Padre y yo somos una misma cosa. >>
Esta era una horrenda blasfemia para los fundamentalistas hebreos, representados por la mayoría de los sacerdotes. Sin embargo, a los judíos del tiempo de Jesús, no les era lícito ni degollar una cabra, sin el consentimiento de los romanos. Los sacerdotes y fariseos, llevaban tiempo buscando la manera de hacer desaparecer de sus vidas a este profeta. Pero la gente del pueblo, cada día estaba más pendiente de sus palabras y acciones.
Su mensaje desprendía amor y compasión, lo que ejercía sobre ellos un influjo importante. Además, estaban sus milagros: curación de enfermos, leprosos, ciegos y la resurrección de su amigo Lázaro, cuando éste enfermó, murió y fue enterrado. Pronto los presentimientos de José se hicieron realidad. Jesús compareció ante Pilatos en el Pretorio de la Fortaleza Antonia (atrio del juzgado romano).
Durante aquellos años de estancia en tierras de Judea, Pilato había acumulado un odio feroz hacia los judíos. No estaba dispuesto ni a prestar ni favorecer ninguna de las intrigas doctrinales de los fariseos y sacerdotes.
Durante el interrogatorio Poncio no encontró nada que le hiciese culpable ante la ley romana. Mi esposo queriendo suavizar su relación con el tetrarca de Judea, Herodes, decidió enviarle a Jesús, alegando falta de jurisdicción sobre éste. Pero Herodes pronto lo devolvió.
En un intervalo del juicio, por medio de Flavio, recordé a mi esposo el sueño que había tenido antes de su nombramiento como gobernador de Judea. Una voz me había transmitido lo que se estaba fraguando contra Jesús. Le insistí en que no se mezclase en la muerte de un inocente.
Pilato, en un intento por evitar la crucifixión, decidió darle un castigo ejemplar, y ordenó que se le diera una tanda de latigazos. Lejos de aplacar a los guardianes de la ley y a los fariseos, hizo que éstos se volcaran más en animar al pueblo a gritar ‘¡crucifixión!, ¡crucifixión!’
Los sacerdotes no querían renunciar a la ocasión tanto tiempo perseguida, por lo que escenificaron un absurdo complot según el cual, Jesús se habría proclamado ‘rey de los judíos’.
Esta acusación si representaba una clara amenaza a la autoridad de Roma, lo que obligó a Pilato a dictar sentencia, pese a su convencimiento de que era inocente. La misma sería de muerte en la cruz.
Cuando me enteré de la sentencia, tomé la decisión de seguir a Jesús hasta el mismo Calvario, pero Flavio centurión encargado de mi seguridad, me aconsejó evitar la chusma que iba acompañar el macabro cortejo.
Vestida de sirvienta abandoné junto a Marcia y Flavio, la fortaleza Antonia. Por caminos paralelos nos dirigimos al lugar de la ejecución. El recorrido iba a ser muy duro. Después de la flagelación de Jesús, a su cuerpo débil, aún le quedaba el penoso transporte del madero de su cruz. El emplazamiento para la ejecución se llamaba Gólgota o lugar de la Calavera y se encontraba a unos 650 metros del Pretorio, pero con un desnivel en ascenso.
Cuando llegamos al sitio, aún no habían comenzado a llegar las turbas que acompañaban el pelotón de ajusticiamiento, junto a los tres reos condenados a la pena capital. Nos apoyamos en unas rocas, al pie mismo del Gólgota.
Desde esa posición, podíamos ver y oír cuanto sucediera en el conjunto del paraje. Al tiempo, nos permitía tener la visión de los tres postes verticales encajados en tierra, sobre los que colocarían los brazos de la cruz.
Comenzó a llegar hasta nosotros, el sonido del bullicio de la turba. Los soldados, de vez en cuando, tenían que empujar a la gente para conseguir un espacio suficiente para los condenados.
Llegados al Gólgota, comenzó el trabajo de los soldados. Los reos fueron desnudados uno a uno. Después, les ofrecieron un brebaje de vino aromatizado para adormecerlos, y atenuar así su sufrimiento, pero cuando la oferta llegó a Jesús, éste la rechazó. (Mt 27, 34)
Después tirándolos a tierra, les clavaron por las muñecas al madero, que cada uno había llevado hasta allí. Con una soga y una escalera, los elevaron ‘cual árbol’. Primero a los dos rufianes, después a Jesús que quedó en medio de ellos. Ajustaron los maderos con los reos a la parte superior de cada poste.
Mientras esto ocurría al pie del Gólgota, María me relató los sucesos acaecidos durante el camino recorrido: << Jesús ha caído tres veces y el centurión Longinos ha decidido que un civil llamado Cirineo, que pasaba por allí de regreso de su trabajo, cargase con el madero hasta aquí >>
Los pies de los condenados fueron clavados a una pieza de madera, que después fijaron al poste vertical. Los gritos agudos de dolor penetraban en los oídos de todos los asistentes.
El momento era angustioso y doloroso, puesto que el peso del cuerpo inerte, desagarraba tejidos y tendones de las muñecas, provocando la muerte por agotamiento y asfixia.
La curiosidad morbosa que provocó el ajusticiamiento, hizo que se congregase gente a su alrededor.
Si bien, éstos poco a poco, marcharon del lugar para ir a preparar la fiesta de la Pascua. Quedaron en el Gólgota, un reducido grupo de familiares y amigos de Jesús, junto a la tropa romana.
“Después de la crucifixión de Jesús, los soldados tomaron sus vestidos e hicieron cuatro lotes, uno para cada uno. Tomaron también la túnica, que estaba tejida de arriba abajo en una sola pieza sin costura.
Se dijeron unos a otros. “No la rompamos, sino echemos a suerte a ver a quien le pertenece.”
Así debían cumplirse las palabras de las Escrituras: “Se repartieron entre ellos mis vestidos y echaron a suertes mi túnica. Eso hicieron los soldados”.
Sobre la cabeza de Jesús pusieron por escrito el motivo de la condena: ‘Este es Jesús el Rey de los Judíos’
El ladrón situado a la izquierda de Jesús, lejos de mostrar arrepentimiento por su culpa, decidió burlarse de él. Había oído contar que éste ha dado de comer a la gente y ha efectuado curaciones milagrosas. Además, y según todos los rumores, no era culpable. Sin embargo, iba a ser ajusticiado al igual que él, que sí merecía el castigo.
Dimas, nombre por el que era conocido el otro malhechor, optó por enfrentarse a su compañero de fechorías. Le pidió respeto y paz para Jesús, ante los momentos que había de vivir. Por esta actitud, recibió la promesa del mismo Jesús, de estar aquel mismo día, ‘con Él en el paraíso.’
Entre los pocos que quedaban cerca del pie de la cruz, María su madre. Ésta lloraba en silencio por el sufrimiento del hijo amado, mientras a su lado, Juan intentaba consolarla. Junto a ella María Magdalena y otras mujeres que le habían acompañado durante su predicación.
La muerte se hizo presente, mostrándonos todo lo que tenía de aterrador: en este caso, el sufrimiento corporal por el inacabable agotamiento y dolor de los condenados, a muerte de cruz.
En una ocasión, había oído decir a María Magdalena, que en el Antiguo Testamento libro sagrado de los judíos, hay una convicción arraigada, y es que Dios siempre acudía en ayuda de los justos.
A ello se referían los que presenciaban la ejecución: ‘Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo, y baja de la cruz’ (Mt 27, 40) Sin embargo, Dios guardó silencio en esa hora, lo que convirtió a ese momento en el más ignominioso, porque este silencio parecía dar la razón a quienes lo habían condenado.
Junto a Flavio y Marcia, contemplamos mudos el aterrador espectáculo que suponía la crucifixión. No acertábamos a comprender, del porqué de la crueldad empleada contra él.
Triste recompensa para un hombre, que durante su estancia entre los de su pueblo, había practicado el bien. Ahora, estaba colgado de una cruz, escarnecido y brutalmente golpeado, sin que nadie saliese en su defensa.
Después de la hora sexta, la oscuridad cayó sobre la tierra al irse cubriendo el cielo de nubes oscuras y amenazantes.
Alrededor de la hora nona, Jesús exclamó: << Eli ¿lamá sabactari? >> O lo que es igual ‘Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?’ Algunos de los que pasaban por allí, interpretaban que llamaba a Elías.
Más tarde Jesús dijo: << Tengo sed >>. Había una vasija de vinagre en las proximidades, donde empaparon una esponja en ella. Con una rama de hisopo se la acercaron a la boca. Cuando probó el vinagre dijo: ¡Todo está cumplido!, e inclinó la cabeza y expiró.
En ese momento la tierra tembló. Las rocas se rajaron, mientras el agua y el viento azotaban la escena. Días más tarde, comentarían los visitantes al Templo, que hasta ‘el velo’ que separaba ‘el lugar santo’ se había rasgado de arriba abajo como consecuencia del temblor que sufrió Jerusalén.
El centurión y los soldados que custodiaban el lugar, ante los hechos que se desarrollaban delante de sus ojos, manifestaron: ‘Verdaderamente éste era el Hijo de Dios’
El cuadro no podía ser más desolador. A derecha e izquierda dos condenados y ajusticiados por sus fechorías. En medio de ellos un hombre inocente. Su único delito, denunciar a la clase sacerdotal de no estar al servicio del pueblo, al que agobiaban con un exceso de leyes e impuestos, para mantenerse ellos.
Próximos a la cruz, el grupo de soldados al mando del centurión Longinos, que habían ejecutado la sentencia de acuerdo con las leyes romanas. Siguiendo con su cumplimiento, les rompieron las rodillas a los dos ladrones, mientras, que a Jesús dándole ya por muerto, le atravesaron una espada en el costado derecho, del que manó agua y sangre.
Cómo explicarían los Apóstoles después de la Resurrección, Jesús con este acto de obediencia al Padre, asumía todos los errores de la humanidad y abría unos nuevos tiempos. El hombre entraba en contacto directo con Dios, a través de su Hijo Jesucristo. Renacía el orden establecido en el momento mismo de la creación, con anterioridad a la caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva.
Iniciado el descendimiento por motivos de la fiesta de la Pascua, emprendimos el camino de regreso a la fortaleza Antonia. Durante el camino Marcia me interrogó:
—Ama ¿todo ha acabado aquí? —Y sin parar de andar añadió — ¿No le acompañaban doce amigos? ¿Cómo no estaban aquí?
Guardé silencio, ya que no tenía respuestas en ese momento. Los hechos vividos me habían dejado turbada. Los ojos llorosos y con una gran pena dentro de mi corazón, reflejo de la tristeza al pensar en el hombre bueno que habían crucificado. Todo había acabado.
La segunda noche después de la crucifixión, un nuevo temblor de tierra sacudió Jerusalén y parte de Judea. Fue una breve y ligera réplica, que no produjo daños. Sin embargo, días más tarde cuando a través de María Magdalena conocí la noticia de la insólita resurrección, hizo que dentro de mí naciera una luz de esperanza al empezar a comprender, que todo lo vivido no iba a ser en vano.
La imagen vista y retenida del cuadro del Calvario, ahondó y fructificó en nuestros corazones. Cuando tiempo después los apóstoles celebraban la Resurrección, Marcia, Flavio y yo, hacíamos reconocimiento y aceptación de Jesús como el Hijo de Dios. Por mi parte caí en un angustioso silencio. Me cerré en mí misma, para no mostrar mi total desprecio a la persona que amaba. No podía huir de Poncio, pero la crueldad por él demostrada bajo la justificación de obedecer las leyes romanas, no me permitió nunca más mostrar mi amor hacia él.
¡Qué lejos estaban aquellos años de enamoramiento! Había descubierto a una persona inestable, cobarde, ingenuo y pusilánime.
Con el tiempo supe que mi matrimonio con Poncio, había sido una maniobra de mi primo Tiberio. Él había aceptado el matrimonio por cobardía. Aun así, hoy sigo pensando en él. Le di todo y le acompañé resignada a Judea.
Los hechos ocurridos cambiaron a Poncio. Su incapacidad en aquel juicio, acabó por volverle más cruel. Ejemplo de esa crueldad, fue la represión emprendida contra los samaritanos en Gari Sin. Ante una serie de actuaciones poco políticas, permitió a las autoridades judías acusar a Poncio ante el gobernador (legado) de Siria.
El resultado de estas acusaciones, llevó a Vitelio a suspender a Pilato de su puesto de gobernador, ordenándole el regreso a Roma para ser juzgado por el César, después de diez años de estancia en tierras de Judea.
Bajo el imperio de Calígula, cayó en desgracia y fuimos exiliados a la ciudad de Vienne en la Galia. Ahora fallecidos todos mis seres queridos, se abre ante mí una nueva etapa.
El Apóstol Pedro, aquel que negara a Jesús aquellos dolorosos días en Jerusalén, antes de desplazarse a Roma, me ha hecho llegar una carta en la que me anima a ir a Filipo. Allí podré colaborar con un grupo de mujeres, que están ayudando a Timoteo. Ellas dedicaban su vida, a la difusión de la Palabra de aquel ‘Galileo’ que yo había visto morir en la cruz, a pesar del mensaje de amor que él nos proponía. El impacto del árbol de la vida elevándose hacia el cielo, ha calado en mi alma.
Ante mi soledad en Roma, he decidido incorporarme a la misión de ayudar “a otros” para dar a conocer a este Cristo que dio su Vida, para rescate de la humanidad entera. Con mi marcha a Filipo, pretendo compensar en parte el daño causado por mi esposo. Dentro de unos días, todas las posesiones que he heredado de Poncio, serán vendidas y el producto de su venta, repartido entre las diversas comunidades cristianas que están naciendo. Los cristianos somos perseguidos y rechazados por los romanos, lo que hace que algunos padezcan dificultades para su subsistencia. Espero que este ejemplo arraigue entre los notables romanos que abracen el cristianismo.
Marcia mi sirvienta fiel, a la que después de la crucifixión concedí la carta de libertad, tendrá en usufructo la casa en el Esquilino. Flavio será su compañero el resto de sus vidas.
Esperamos la llegada de Pedro a Roma. Él celebrará la boda de ambos y yo partiré después a mi nuevo destino. Esta vez el sabor de boca será agridulce. Nuevamente abandono Roma, pero esta vez el objetivo es gratificante.
Las luces del jardín ya se están apagando. Marcia está recogiendo las cosas para retirarse. Yo debía hacer lo mismo. Seguro, de que otro día estos recuerdos volverían nuevamente a mi pensamiento.