jueves, 12 de abril de 2012

LA SEMANA SANTA (Reflexión)

Ya se han apagado los últimos ecos de la Semana Santa y es la hora de la reflexión. Durante una semana hemos tenido, aunque en menor cantidad que otros años, el quejido de las trompetas y tambores, que junto con el cante de saetas durante las procesiones, han llenado de sonidos no habituales los aires de nuestro país.
¡Y ahora que! La celebración y recuerdo de los hechos acaecidos hace más de dos mil años allá en Jerusalén, ¿nos sirven para algo?
Si a Jesús, aquel que fuera condenado a morir en la cruz, lo desvestimos de sus dones divinos, sólo nos queda el hombre. Un hombre al que llamaríamos santo al contemplar su entrega a los demás, sin importarle el precio a pagar por tan inusual valentía.
Para los no creyentes, la cruz fue una derrota. Para los creyentes sólo fue el paso para la Resurrección y por lo tanto para la VICTORIA.
Al mirar a las gentes que circulan por las calles de nuestra ciudades, observamos sobre sus espaldas cruces parecidas a las de Jesús. Madres con hijos enfermos, parados sin poder llevar el sustento a sus casas, matrimonios desavenidos cuyas vidas se convierten en infiernos, hombres y mujeres a los que les falta la esperanza…
Se podría seguir con un listado extenso de dificultades, que hoy día son las cruces de nuestra humanidad. Sin embargo, un observador inquieto percibe una cierta diferencia entre una persona creyente y otra que no lo es.
El que se dice ateo o no practicante, se enfrenta a las adversidades de la vida, con la sensación de impotencia que da el no encontrar un motivo sólido para continuar soportándolas. El creyente por el contrario, asume que es causa de su naturaleza y espera en todo caso, la Resurrección. Esa esperanza que le llena, le ayuda a soportar el dolor, la enfermedad y como no la muerte física.
¡Buena Pascua a todos!





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