martes, 15 de febrero de 2011

CUANDO HABLAMOS DEL TIEMPO

A partir de una determinada edad, si los problemas y las enfermedades nos respetan y la vida sigue por cauces normales, viviremos el trascurrir de los días con gozosa armonía. Tenemos la vida encarrilada, y casi estamos preparados para emprender el viaje a la otra orilla. Sin embargo, de vez en cuando nos da por pararnos a pensar, en alguno de los muchos días vividos. Sirva de ejemplo, una tarde cualquiera del otoño de nuestra vida.

Sin más, nuestros ojos recorren las orillas de los caminos, donde se acumulan un sin fin de hojas muertas, que han ido cayendo de los árboles. Las hay de casi todos los colores: rojizas, ocres, amarillas o blancas… Recuerdos de nuestra niñez, nos conducen a los momentos que saltábamos sobre ellas, provocando el crujido de un objeto seco. A veces, pretendíamos crear una corriente de aire, para que las mismas volaran.

Una vez despertados los recuerdos, estos, como los fantasmas en su recorrido por las habitaciones de un castillo encantado, nos asaltan de tal manera, que nos llevan a sentarnos sobre la hojarasca. Nuestra mente, imbuida por el momento, permitirá que las secuencias de nuestra vida, vayan desfilando por el abismo de nuestros ojos, y nos muestren una naturaleza con cierto aire de tristeza. Mientras, las luces de un cercano crepúsculo, invadirán nuestro espíritu.

El verano ya ha marchado, y las gentes han comenzado a cubrir su cuerpo con unas nuevas indumentarias. El día se acorta, y pronto las luces tendrán que iluminar las calles, mientras, la rutina vuelve a ser la norma. Imágenes, como el regreso de los niños a las escuelas, con su permanente algarabía, nos recuerdan hoy ¡cómo pasa el tiempo!

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