viernes, 22 de abril de 2011

CINCO MIRADAS (1)

INTRODUCCIÓN Hará algo más de dos mil años, que en tierras de Israel durante la celebración de la Pascua, ocurrieron una serie de sucesos, que cambiarían los signos de los tiempos.
Un galileo llamado Jesús, que durante un tiempo había recorrido los pueblos de Galilea, Judea, Samaria, y otros lugares, predicando una buena nueva que ayudaría a cambiar los cimientos de aquella época, fue crucificado en Jerusalén, como atestigua además de los Evangelios, el escritor judío Flavio Josefo.
Israel era un mundo convulso. Por un lado, los romanos ocupaban aquellas tierras y provocaba entre la población judía, un odio exacerbado hacia ellos. El pueblo ansiaba recuperar su libertad como nación, por ello, extremistas como los zelotes, combatían a las patrullas romanas. Sin embargo, para las autoridades religiosas esto era un peligro, ya que ante estas agresiones, el procurador Pilato podía dar orden de castigar a toda la población como venganza.
El otro punto caliente de la situación, era que en aquellas tierras, aparte de concentrarse la mayor parte de las religiones y puntos de vista del momento, la propia población judía estaba dividiva en otras tantas manera de interpretar su religión.
Por un lado los Fariseos, que pese a pagar sus impuestos a Roma, formaban comunidades cerradas, dejando fuera a todo aquel que no fuera fiel a la Ley y las tradiciones. Creían en el advenimiento de un Mesías que los liberaría de los romanos.
Los Esenios, superaban a los Fariseos en su búsqueda de la perfección. Les preocupaba la impureza y la contaminación de los ritos, debido al mundo perverso e impuro que les rodeaba. También, como los Fariseos, esperaban la llegada de un Mesías, y al contrario que estos, ellos si que eran amantes de la guerra como los Zelotes, aunque pensaban que aún no había llegado el día.
Los Saduceos constituían el grupo conservador; rechazaban toda novedad en el terreno de las creencias y los ritos. Aunque no todos, la mayoría formaba parte de la aristocracia acaudalada. (Sumos sacerdotes y los ancianos, escribas y jefes del pueblo).
Aunque en el interior de los corazones de toda aquella gente, seguía habitando Yahvé.
En medio de toda aquella convulsión, surgió un hombre aportando un signo de contradicción:Juan Bautista. El silencio con el que Dios había castigado a su pueblo se vio roto de nuevo, por la voz de un profeta.
El mensaje profético que Juan les lleva era muy sencillo. Dios estaba airado con su pueblo y le iba a castigar. Como todo profeta llamaba a la conversión. Si esta no se producía, las consecuencias para Israel serían tremendas; si por el contrario había conversión, habrían abundantes bendiciones.
Entre sus profecías, Juan también anuncia la llegada del Mesías. Como ya sabemos por la historia, éste después del bautismo de Jesús, fue arrestado y muerto.
Jesús era judío, acudía a las sinagogas y efectuaba las lecturas de la Torá. En ningún momento de su vida pública, insinuó que la religión judía se tuviese que cambiar. Sin embargo hizo énfasis en dos aspectos. Por un lado, a parte de avalar lo revelado por los profetas, fue afirmar que las autoridades religiosas del país, eran corruptas. Que imponían unos altos impuestos al pueblo, para ellos vivir mejor, así como una dureza en la aplicación de la Ley. 
Y por otro, agitar las conciencias y los corazones de la gente en favor del prójimo.
Si bien en la historia de los reinos, se relataba lo que hacían y decían la gente importante, en la historia de Jesús, la voz la tienen los pobres, los oprimidos y marginados. Los mendigos eran los enfermos, los imposibilitados, los que tenían que acudir a la mendicidad por no tener pariente alguno que los alimentara.
También estaban la viudas y los huérfanos, que dependían de la caridad de la gente y del tesoro del Templo. Los jornaleros no cualificados, los campesinos y los esclavos. Sin embargo, su padecer no llegaba a la pobreza extrema y a la inanición, Su principal sufrimiento, entonces como ahora, era la vergüenza y la ignominia.
Para los orientales más que a los occidentales, esto era humillante. El prestigio y el honor son más importantes que el propio alimento o la vida misma.
Por último una cuestión. Jesús al atacar a los mercaderes del Templo, de los que las autoridades religiosas cobraban grandes impuestos, quitó la espoleta que provocaría su persecución. Todo ello fue motivo suficiente, para que sacerdotes y escribas quisieran plantear contra Jesús un juicio, cuya sentencia debía ser de condena a muerte.
Sin embargo, había un problema. Las curaciones milagrosas, tanto de leprosos, como de ciegos, cojos, la multiplicación de los panes y los peces, hacía que la gente estuviese a favor de Jesús. Esto les causaba un miedo atroz, ya que temían que ante su detención por la policía del Templo, podría desencadenarse una revuelta que para nada deseaban, ya que sería atajada duramente con la intervención de los soldados romanos. 

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